Un Día a la Vez, una reflexión diaria

por surprisedbyjoy@yahoo.com

Diciembre 11

"Estoy en casa, gracias."

Destruirá la muerte para siempre, secará las lágrimas de todos los rostros, y borrará de la tierra la deshonra de su pueblo...gozo y alegría los acompañarán, la tristeza y el llanto se alejarán. Isaías 25:8a; 35:10b

Mientras estaba limpiando mis archivos descubrí una vieja reflexión que escribí cuando mi madre falleció hace doce años. ¡Qué recuerdos tan preciados! "El amor nunca muere siempre y cuando haya alguien que recuerde."

Tal vez sería útil revelar un poco más sobre mis antecedentes familiares. Mis bien amados abuelos eran unas personas muy sencillas. Ninguno de ellos fue formalmente a la escuela. Cuando llegaron a los Estados Unidos, rápidamente encontraron una comunidad de oración noruego-americana y se establecieron en un país nuevo. Juntos amaban a la iglesia y al rebaño de Dios. A veces daban hospedaje a los misioneros, pastores y grupos de jóvenes. Cantaban en el coro de la iglesia e impartían clases de religión los domingos. Mis abuelos sobrevivieron a sus hijos con dignidad y valor.

Cuando mi abuelo comenzó con su primera serie de infartos, mi abuela se quedó a cuidarlo en casa durante más de 10 años. Ella y el abuelo se mudaron con mis padres, pues necesitaban toda la ayuda que les pudieran brindar. Años después, cuando cuidaba a sus avejentados padres, mi madre fue diagnosticada con cáncer terminal. A pesar de que yo había vivido fuera de la casa de mis papás durante muchos años, regresé a vivir allá. Éramos tres generaciones de adultos que vivíamos bajo el mismo techo. Juntos, mi abuela, mi papá y yo cuidábamos a nuestros seres queridos. Les ayudábamos a comer, a bañarse y a satisfacer sus necesidades básicas. Los cuidábamos en el día y en la noche y teníamos la bendición de contar con asistentes de una casa para ancianos y voluntarios de un hospicio. Sin su ayuda, la situación hubiera estado muy difícil. Y nuestros vecinos nos apoyaron y ayudaron considerablemente. Había un seminario local a unos veinte minutos de distancia de la casa y un día me inscribí en su programa "Maestría en la Divinidad". Hice una gran parte de mi tarea en la salas de emergencia de los hospitales. De algún modo, encontramos la fortaleza para vivir día con día.

Mi madre era una "cristiana renacida." Ella sabía que "iba a irse a casa para estar con el Señor." Lo que más deseaba era morir en su casa. Mi mamá deseaba estar con su familia en casa y no en un hospital lleno de extraños. Muchas noches tuvimos que acudir a la sala de emergencia cuando ella tenía alguna complicación médica. Una noche, el doctor de la sala de emergencias insistió en que mi debía ser internada en el hospital.

Cuando la vi al siguiente día, me di cuenta de que sólo le quedaban algunas horas de vida. Juntos como una familia y en contra de las recomendaciones médicas, llevamos a casa a mi madre para que muriera en paz. El hospital nos proporcionó suficiente morfina y nos instruyó sobre lo que debíamos hacer para que estuviera libre de dolor. Regresamos a casa rápidamente en una ambulancia, apresurándonos para lo inevitable. Nuestros queridos amigos y vecinos lo habían preparado todo. Había tulipanes frescos en un florero. La cama de hospital y el tanque de oxígeno habían sido colocado en la sala debajo del reloj que tanto le gustaba a mi madre. En el horno se calentaba la cena. Nuestros amigos abrazaron a mi madre y se despidieron de ella murmurando, "Te quiero mucho." Uno por uno, salieron de la casa para que pudiéramos cenar.

Fue maravilloso percibir la alegría en el rostro de mi madre mientras estábamos sentados alrededor de la mesa. Detrás de su máscara de oxígeno, ella repetía, "Estoy en casa, gracias." Falleció en la mesa mientras mi padre la sujetaba con sus fuertes brazos, rodeada de aquellos a quienes amaba. Justo antes de morir, ella dijo, "¡Puedo escuchar la voz de Dios! ¡Está llamando mi nombre! Ya no siento dolor y tampoco tengo miedo." Enseguida falleció. Estaba en casa con Dios. Su dolor se había ido para siempre.

Con lágrimas en sus mejillas, mi abuela comenzó a cantar esta canción: "Cuando lleguemos al cielo, ¡qué día tan maravilloso será! Cuando veamos a Jesús, cantaremos y gritaremos la victoria." Luego subió las escaleras hasta llegar al cuarto donde estaba mi abuelo en su silla de ruedas y le comunicó las noticias. Juntos lloraron y oraron. Su fe los reconfortó en ese tiempo de profunda necesidad.

Existe una esperanza cristiana para los que vivimos un día a la vez. Aún cuando tengamos lágrimas en nuestras mejillas, podemos cantar tal y como lo hizo mi abuela.

Oración: Dios mío, gracias por secar gentilmente las lágrimas de nuestras mejillas. Gracias por darnos una esperanza más allá de la tumba. Amén.

Diciembre 10 Diciembre 12

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