Un Día a la Vez, una reflexión diaria
por surprisedbyjoy@yahoo.com
Noviembre 24
Intente alcanzar más luz de Dios
Se encontraba allí una mujer que padecía un derrame de sangre desde hace doce años. Había sufrido mucho en manos de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía, pero en lugar de mejorar, estaba cada vez peor. Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. La mujer pensaba: "si logro tocar, aunque solo sea su ropa, sanaré." Marcos 5:25-28
Este desesperado padre y Jesús se abren paso entre la multitud para ir a casa del señor. Jesús se detiene repentinamente y pregunta: "¿Quién toco mi manto?" Él inmediatamente había sentido el toque de otra alma desesperada en busca de ayuda. Su poder de curación se había salido de su cuerpo. Con miedo, una mujer se le acercó y comenzó a contarle su historia. Había sufrido durante doce años.
El Israel del primer siglo era mucho más diferente a Norte América del siglo 21. Esta mujer actuó de una manera poco convencional. Que una mujer judía, sin su protector masculino, se atreviera a tocar a un hombre sin su consentimiento eran "sucesos extraordinarios dentro de un contexto cultural. O se encontraba muy desesperada o tenía una gran fe."
Pero su situación era eterna y nos ofrece una revelación cultural. Su historia es nuestra historia dentro del siglo 21. Ella alguna vez contaba con cierta economía pero se la gastó en esfuerzos fallidos de curación. El cuidado físico que logró experimentar bajo el cuidado de muchos doctores le resultó muy doloroso. Realmente hicieron que su condición se empeorara. Cualquiera que se haya enfermado puede sentir un poco de simpatía por esta mujer. Allí, pero por la gracia de Dios, nos encontramos nosotros.
Dentro de su contexto específico Judía, (Levítico 15:25-30), su religión la clasificaba como una persona "impura." Estas antiguas y respetadas leyes prohibían que ella participara dentro de la comunidad o en actividades sociales y religiosas. Las personas la evitaban por miedo a ser contagiados. No podían sentarse en sus sillas ni tampoco podían tocarla, ya que de lo contrario, ellos también se tendrían que aislar de los demás hasta que se les practicaran ciertos rituales de limpieza. Su enfermedad colocaba a esta mujer fuera de la religión y fuera de la sociedad humana.
Eso debe ser muy solitario. ¿Se puede imaginar estar doce años sin una caricia amorosa? ¿Qué se sentirá estar tanto tiempo sin un abrazo? Un comentario que escuché me hizo ver algo muy importante. A pesar de su enfermedad, ella probablemente sentía miedo, pena y se odiaba a ella misma.
Existen muchas personas que, como a esta mujer, son rechazados. Algunos son rechazados por su enfermedad, mientras que otros son rechazados por sus preferencias sexuales, su raza, su religión o por muchas otras razones. Las enfermedades y las diferencias pueden tener diferentes nombres, pero el resultado de soledad y aislamiento es una respuesta universal.
Necesitamos de una caricia significativa y tierna para poder sentir. Necesitamos estar en compañía y pertenecer a una comunidad. Y como esta mujer anónima, también nosotros nos podremos sentir con miedo, con pena o nos podemos odiar a nosotros mismos a causa de unas leyes religiosas bien intencionadas.
¿En donde nos encontramos dentro de esta historia? ¿Qué necesitamos de Jesús el día de hoy?
Oración: Dios mío, ayúdanos a alcanzar más luz de Dios con la desesperación y la fe de esta mujer anónima. Amén.
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