Un Día a la Vez, una reflexión diaria

por surprisedbyjoy@yahoo.com

Octubre 22

¡Mujeres Apóstoles!

Ellas se fueron al instante del sepulcro, con temor, pero con una alegría inmensa a la vez, y corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En eso Jesús les salió al encuentro en el camino y les dijo: "Paz a ustedes." Las mujeres se acercaron, se abrazaron a sus pies y lo adoraron. Jesús les dijo: "No tengan miedo. Vayan ahora y digan a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allí me verán." Mateo 28:8-10

¿Alguna vez a sentido alegría y miedo a la vez? ¿Adivinen quién fue al encuentro de estas mujeres mientras ellas corrían a decirles la noticia a los discípulos? ¡El mismo Jesús! ¿Se imaginan lo que sintieron las mujeres? En el momento en que vieron a Jesús, las mujeres se acercaron, se abrazaron a sus pies y lo adoraron. Y Jesús las bendijo y les dijo: "No tengan miedo." Tenían miedo pero al mismo tiempo sentían una inmensa alegría. ¿Quién no lo estaría después de ver a alguien resucitar de entre los muertos?

Pero había muchas más en el mensaje. ¡Las mujeres fueron las primeras en ver a Cristo resucitado! Ahora debían ir y decirles a los hombres discípulos que fueran a encontrarse con Jesús en Galilea. Fueron las primeras en recibir órdenes del Cristo resucitado. Jesús estaba utilizando a las mujeres como sus mensajeras apostólicas. Jesús estaba rompiendo con los antiguos patrones de liderazgo espiritual masculino.

Para algunos lectores, esto puede resultar difícil de aceptar. Aún hoy en día, existen algunas iglesias Cristianas que no permiten que las mujeres ofrezcan los sermones, que lean las escrituras en voz alta o que ofrezcan la comunión. Algunas inclusive insisten que las mujeres no pueden enseñarle nada a los niños menores de 6 años. Las mujeres deben de verse pero no oírse.

En mi propia infancia, nunca cruzó mi mente que las mujeres podían llegar a ser pastores, profesoras de seminario o directoras espirituales. Mi propia experiencia dictaba que el trabajo de la mujer dentro de la iglesia se limitaba a la guardería y a la cocina, y siempre tenían el permiso de sacudir y limpiar el santuario.

Imagínense mi asombro cuando recibí "un llamado" al ministerio mientras estaba en mi seminario evangélico. Un día, cuando me encontraba orando profundamente, me ofrecí a Dios completamente para ayudarlo en cualquier lugar o para cualquier persona. Mientras rezaba, el teléfono sonó y era el reclutador de capellanes del ejercito. Estaba buscando mujeres del clérigo que estuvieran ordenadas y que contaran con una Maestría en Divinidad. ¿Me interesaría? Sí, pero tenía miedo y alegría a la vez.

En mi alegría, no podía esperar para conocer a mi pastor y ¡compartir esta increíble respuesta a mis oraciones! Sin embargo, mi amada iglesia me dio la espalda cuando compartí ansiosamente este increíble momento. Mi pastor me dijo: "Sí, has sido llamada. Pero debes marcharte. Como ves, Dios no llama a nuestras mujeres para este tipo de trabajo. Te tienes que ir a otra denominación. No te puedes quedar con nosotros." ¿Cuál hubiera sido mi respuesta si yo hubiera sido hombre?

Así comenzaron varios años de una confusión espiritual mientras buscaba una iglesia que me permitiera seguir el llamado de Dios. Después de todo lo que sucedió, me di cuenta de lo grande que es Dios. Dios es más grande que las personas de las iglesias. Conocí que existen denominaciones Cristianas que preparan y ordenan a la mujer y las colocan en posiciones de liderazgo. Existen denominaciones Cristianas que han luchado en contra de la esclavitud y por los derechos humanos. Inclusive existen denominaciones Cristianas que ofrecen afirmación, bendición y rituales tanto de matrimonio como de ordenamiento para homosexuales y lesbianas.

Mi ministerio ha cambiado a través de los años, sin embargo, Dios no ha cambiado. Jesucristo permanece igual ayer, hoy y mañana. El Cristo resucitado utiliza personas de todos los caminos de la vida en formas extraordinarias. ¿Quién soy yo para limitar el llamado de Dios en la vida de otra persona? Dios es grande.

Oración: Dios mío, bendícenos con una alabanza alegre mientras contemplamos el Cristo resucitado dentro de nuestras vidas. Gracias por llamarnos por nuestro nombre. Amén.

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