“Benditos sean porque creen, aún sin haber visto.”
Por Marco Rubio (marco@rubio.as)
Aquellos habían sido días muy difíciles para los discípulos de Jesús. Él, su líder espiritual, había sido asesinado. Después descubren que sus restos habían sido robados de su tumba. El Día de Resurrección no fue para ellos un día de alegría, fue día aterrador, un día de mucho miedo.
Temerosos de correr las misma suerte de Jesús, varios de ellos decidieron encerrarse en aquel aposento alto donde unos días atrás había compartido la última cena con Él. Esto resultaba más seguro que huir de la ciudad, pues en las calles corrían el riesgo de ser arrestados si alguien los reconocía.
Durante la noche de ese día Jesús se les apareció a los ahí reunidos. Del miedo pasaron al pánico. ¿Acaso aquel que veían era un fantasma? Jesús los tranquiliza mostrándoles sus heridas y diciéndoles: “Les recuerdo que les dije que todo esto que han vivido tenía que pasar. No duden de mis promesas. Tenga fe en Dios y tengan fe en si mismos.” Entonces los apóstoles pasan del pánico a la alegría admirable.
Tomás, quien se caracterizaba por ser impulsivo, no estaba con ellos cuando esto sucedió, pues necesitaba estar solo para poner en orden sus pensamientos y deshacerse del miedo que lo invadía.
El sábado es encontrado por algunos de sus compañeros y llevado al lugar donde estaban escondidos. Después de escuchar a los ahí reunidos sobre la aparición de su maestro, debido a su testarudez natural, discute con ellos negándose a creer en ellos a menos que pudiera tocar las llagas en las manos y en el costado de Cristo. Esta petición no es ilógica, después de todo lo que había sucedido hacía solo unos cuantos días.
A pesar de sus evidentes dudas y miedos, Jesús es paciente con Tomás, ya que Él sabía muy bien lo que significa ser un ser humano. Jesús mismo en su momento de mayor desesperación también había dudado. “Padre, ¿Por qué me has abandonado?”, preguntó con tristeza y desesperación. Así, permite a Tomás tocar sus heridas, después de todo una vez que vemos y tocamos, dudar es imposible. Entonces Tomás creyó. Y postrándose ante él, exclama avergonzado: “Creo Señor, Dios y Maestro mío. Creo.”
Jesús le dice: “Porque me has visto has creído.” Y dirigiéndose a todos agrega: “Benditos los que creen sin haber visto”, no como un regaño ante las dudas de Tomás, sino como una importante recomendación para recordar en esos momentos cuando el miedo y las dudas nos invaden, cuando sentimos que Dios nos ha abandonado, cuando sentimos que ya no hay esperanza, cuando no creemos ni en nosotros mismos.
Una vez oí que “Si no crees en Dios, no hay ningún problema, eres un ateo y eso tiene solución. Pero ten mucho cuidado cuando a causa del miedo dejes de creer en ti, porque a esa gente ni Dios ni el Diablo las quiere.”
El miedo que sentía Tomás había sido más grande que su fe, hasta el punto de dejar de creer quien era él: un discípulo de Jesús. Alguien a quien se la había prometido que podría hacer cosas aún mayores que las que su maestro había podido hacer.
Sí, es verdad, benditos sean los que creen sin haber visto; pero si tú en este momento no crees, no huyas, no corras en la dirección contraria, no te alejes de Él; busca a Jesús en todos tus caminos, en todas tus experiencias, en toda la gente que te rodea; abre los ojos, velo, reconócelo, tócalo; entonces no tendrás dudas de que Cristo no está muerto, que ha resucitado, que sigue viviendo entre nosotros y lo más importante que sigue viviendo en ti.
ESCRITURAS
Juan 20:19-31
Nueva Versión Internacional
Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando reunidos los discípulos a puerta cerrada por temor a los judíos, entró Jesús y, poniéndose en medio de ellos, los saludó.
—¡La paz sea con ustedes!
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron.
—¡La paz sea con ustedes! —repitió Jesús—. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes.
Acto seguido, sopló sobre ellos y les dijo:
—Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen sus pecados, les serán perdonados; a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.
Tomás, al que apodaban el Gemelo, y que era uno de los doce, no estaba con los discípulos cuando llegó Jesús. Así que los otros discípulos le dijeron:
—¡Hemos visto al Señor!
—Mientras no vea yo la marca de los clavos en sus manos, y meta mi dedo en las marcas y mi mano en su costado, no lo creeré —repuso Tomás.
Una semana más tarde estaban los discípulos de nuevo en la casa, y Tomás estaba con ellos. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró y, poniéndose en medio de ellos, los saludó.
—¡La paz sea con ustedes!
Luego le dijo a Tomás:
—Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe.
—¡Señor mío y Dios mío! —exclamó Tomás.
—Porque me has visto, has creído —le dijo Jesús—; dichosos los que no han visto y sin embargo creen.
Jesús hizo muchas otras señales milagrosas en presencia de sus discípulos, las cuales no están registradas en este libro.31 Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer en su nombre tengan vida.
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